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La Isla de las Esculturas es una de las iniciativas más interesantes en la creación de “paisajes culturales” puestas en práctica en Galicia en los últimos años y pionera en España. En el parque de Bonaval de Santiago, Isabel Aguirre intervino junto al arquitecto portugués Alvaro Siza. Parque de Santo Domingos de Bonaval / Foto: XdGÁngel José Fernández Álvarez, profesor de la Universidad de A CoruñaActualizado 02/05/2009 - 20:19 h.
Resulta evidente, y más en un país como el nuestro, la creciente preocupación por el paisaje, enmarcada dentro de un compromiso de la sociedad contemporánea con la búsqueda de un desarrollo sostenible y la mejora en las técnicas de diseño, control y gestión del medio ambiente. El paisaje puede y debe asumir un papel táctico en la formación de nuevos proyectos urbanos e incluso regionales, dentro del contexto de las prácticas imaginativas y materiales de una sociedad y también en la generación de dinámicas y estrategias que favorezcan el desarrollo económico y cultural de un país. Dentro de este orden de cosas, se valoran cada vez en mayor medida las calidades visuales y los valores perceptivos del paisaje y se aprecia la necesidad de gestionar adecuadamente los parámetros económicos y sociales que afectan a la modificación del entorno con la mirada puesta en la sostenibilidad, entendida como directriz y meta de todo el proceso. También se plantea la necesidad de desarrollar una nueva relación entre el ser humano y el mundo físico en la que éste último pase de objeto a sujeto y en el que el paisaje ya no sea considerado como entorno, sino como el aspecto sensible de la relación que existe entre la sociedad, el espacio y la naturaleza. El paisaje se convierte así en una realidad activa y en transformación, que remite a nuevas ampliaciones y reivindicaciones del territorio. Pero un aspecto a veces olvidado al abordar este tipo de cuestiones es el de la relación compleja que se establece entre los destinatarios finales de las actuaciones, es decir, los usuarios, los ciudadanos, y el resultado final de los proyectos de intervención sobre el paisaje. En estas relaciones la utilización ciudadana de los espacios y la tutela por parte de los poderes públicos deben ir unidas a un equilibrio ponderado entre los intereses de la población y el respeto hacia el contexto en el que se actúa. Pontevedra La reciente iniciativa de remodelación y rediseño ambiental y paisajístico del conjunto de la Illa do Cobo, más conocida como la Isla de la las Esculturas, en Pontevedra, con el objetivo de solucionar la lamentable situación de deterioro y abandono en que se encontraba, es una buena prueba de las consecuencias derivadas de esta conflictiva y difícil relación. Se trata de una las iniciativas más interesantes de creación de “paisajes culturales” puestas en práctica en Galicia en los últimos años y pionera en España, en un proyecto en el que participaron artistas de renombre internacional en el campo del denominado land art, a través de doce miradas que transformarían un espacio espacio vacío en un parque urbano periférico, concebido como un homenaje al granito como material antropológicamente gallego y convertido en el elemento identificador de la intervención, que pretendía la transformación permanente de un paisaje real a través de una propuesta innovadora de “arte público”. Gracias a este proyecto, finalizado en 1999 y comisariado por Rosa Olivares y Xosé Antón Castro, la ciudad pudo contar con obras de Robert Morris, Richard Long, Ian Hamilton Finlay, Anne & Patrick Poirier, Jenny Holzer, Fernando casás, José Pedro Croft, Enrique Velasco, Giovanni Anselmo, Dan Graham y Francisco Leiro. Cada uno de ellos ideó una obra que se interrelacionaba con el paisaje, con la tradición del lugar, con la historia de la escultura y de la piedra y, muy especialmente, con la esencia del hombre y su relación con la naturaleza. El deplorable estado en que se encontraba la Isla de las Esculturas, con el irónico episodio del “hundimiento” y posterior recuperación de la emblemática obra de Leiro, en un insólito episodio de “arqueología submarina” en los fondos del río Lérez, supone un ejemplo del abandono y la falta de fe en este tipo de actuaciones por parte de las administraciones públicas y, en un sentido más amplio, por parte de la propia sociedad que no es capaz de entender o de leer adecuadamente este tipo de propuestas. Performance Resulta de un dramatismo casi poético que la única obra teóricamente no accesible por el público de todo el conjunto haya terminado hundida en el fondo del río. Estaríamos asistiendo a una especie de “performance justiciera” en solidaridad vergonzosa y vergonzante por el estado de deterioro del parque escultórico, así como ante las agresiones sufridas por el resto de las obras de arte, indefensas frente a la desatención y la barbarie. Parece, por tanto, un acierto que se haya realizado el encargo de la remodelación y puesta en valor, lo que podríamos denominar “la recuperación del naufragio”, a una profesional de reconocida experiencia en el ámbito del paisajismo, la arquitecta y profesora de la ETSA de A Coruña, Isabel Aguirre Urcula. Aparte de su labor docente y la dirección de cursos de la UIMP sobre desarrollo sostenible, también ha comisariado exposiciones como la organizada en el año 2007 por el CGAC con el título Salir a, en la que se ponía en valor el hecho diferencial del paisaje desde el punto de vista tradicional, social, cultural y, sobre todo, patrimonial, centrándose en un área fundamental para el paisaje gallego como es el espacio de la Ribeira Sacra. Su intervención en la remodelación y rehabilitación de los jardines del monasterio de Santo Domingo de Bonaval en Santiago de Compostela junto con el arquitecto portugués Álvaro Siza Vieira fue merecedora del Premio Nacional de Arquitectura Manuel de la Dehesa en la IV Bienal de Arquitectura Española del año 1997. Se pretendía la actuación de un ámbito singular para su transformación en parque urbano dentro de un absoluto respeto a las preexsistencias: restos de muros, ruinas, enterramientos, caminos y “sobre todo el agua y la piedra”. El proyecto se basa en una interpretación del proceso de formación del lugar definido como “una perfecta máquina para la utilización de la naturaleza” y en donde una trama de pasos, de recorridos, se superpone a los espacios ya existentes. Una vista inédita Condicionados por la fuerte pendiente, aparecen muros, plataformas, rampas y senderos, dejando que, en el antiguo cementerio, el mismo trazado que distribuía los enterramientos articule los recorridos del paseo mientras se permite el disfrute de una vista inédita de la ciudad. El paisaje de la memoria se define como territorio mental mediante la conservación de las estructuras de los nichos de piedra a modo de pantallas generadoras de un espacio para el recuerdo. En la zona baja del huerto se recuperó además un pequeño jardín geométrico aprovechando la inteligente traza antigua de plataformas a distintos niveles comunicados con rampas. No hay usos prefijados. El espacio de la forma se sustituye por el espacio de los establecimientos en el tiempo, de los eventos, de la contemplación, es decir, el espacio se transforma en un lugar sensible que registra los movimientos y los procesos íntimos de la vida que lo cruzan. Además de intervenir en las obras de los proyectos de los Parques Oeste Vale/Grande y Parque Sul en lisboa, otro de sus trabajos más recientes es el proyecto de rehabilitación del monasterio de Caaveiro, en el corazón de las Fragas del Eume, junto al arquitecto Celestino García Braña y que podemos considerar como un ejemplo de intervención arquitectónica respetuosa con el entorno del monumento. Se plantea aquí la búsqueda de una solución austera y auto-interpretativa por parte del conjunto y en el que destaca de forma especial la feliz actuación sobre los accesos al cenobio, materializada en la creación de un camino de pizarra, resuelto con un pavimento grafiado, exquisitamente ejecutado, y que los propios autores han definido como “escultura en superficie” en un delicado juego de texturas visuales enmarcadas por la exhuberante vegetación y que pone de manifiesto la importancia de la reflexión acerca de los caminos en los procesos de construcción y diseño del paisaje. Hay que señalar, por tanto, el mérito de una arquitectura que deja “hablar” a la naturaleza y permite desarrollar una “lógica de sensaciones”, en un ejercicio modélico e inteligente de contención, humildad y respeto. Parecen ser éstas, después de todo, las herramientas más adecuadas para que, a la manera de modernos robinsones enfrentados al reto de humanizar islas inhóspitas, se puede abordar la difícil, pero siempre necesaria tarea de reconstruir los paisajes después del naufragio.
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